Cazadores de noche. Dos octogenarios descubren que no son los únicos predadores en la habitación. Cuando la experiencia se topa con la astucia callejera, cuando el alcohol disuelve las defensas y el dinero enciende deseos peligrosos, el…
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Cazadores de noche. Dos octogenarios descubren que no son los únicos predadores en la habitación. Cuando la experiencia se topa con la astucia callejera, cuando el alcohol disuelve las defensas y el dinero enciende deseos peligrosos, el verdadero juego es saber quién termina cazado. Crudo, cínico, adictivo.
En un departamento lujoso de Santo Domingo, Pedro Brito y Juan Severino Mota —dos octogenarios con egos adolescentes— emprenden su última aventura de conquista. Dinero visible, alcohol premium, experiencia de manipulación. Todo apunta al mismo blanco: jovencitas deslumbradas por el brillo de los billetes.
Isa Dora Aguirre y Rosa llegan, sonríen, coquetean. Pero ellas juegan otro juego, más antiguo, más afilado. Son chapiadoras: expertas en fingir pasión, elevar temperaturas, emborrachar cazadores y desaparecer con sus carteras. Mientras Pedro y Juan creen controlar la seducción, las mujeres controlan el dinero.
La noche transcurre bajo la mirada silenciosa de La Mona Lisa y otros cuadros que adornan las paredes. Cada beso es una apuesta. Cada copa, un movimiento. El alcohol borra fronteras entre deseo y estrategia, entre víctima y victimario.
Cuando amanece, todo ha cambiado. Pedro y Juan despiertan desnudos, confusos, carteras vacías, apenas memorias de una noche que nunca ocurrió como la recuerdan. Las mujeres se han ido, triunfantes, dejando tras de sí la escenografía perfecta de un encuentro que fue pura ilusión.
Una novela despiadada que expone los juegos oscuros del deseo, la fragilidad de los hombres ante sus propias fantasías, y cómo en una ciudad caliente, entre alcohol y seducción, las líneas entre cazador y presa desaparecen.
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