Un psicólogo chino regresa a su tierra obsesionado con Freud. Tras once años en París, vuelve con una maleta encadenada, diez mil dólares ocultos y la certeza de haber hallado el sentido de la vida.
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Un psicólogo chino regresa a su tierra obsesionado con Freud. Tras once años en París, vuelve con una maleta encadenada, diez mil dólares ocultos y la certeza de haber hallado el sentido de la vida. Su formación como aprendiz de psicoanalista lo ha transformado: ahora analiza cada sueño, cada gesto, cada confesión de quienes lo rodean. En los trenes nocturnos de la China contemporánea, entre vendedoras ambulantes y viajeros dormidos, descubre que sus teorías lacanianas quizás no basten para comprender la realidad que lo aguarda.
Muo es extraordinario en su rareza. Chino de nacimiento pero intelectualmente criado en Freud y Lacan. Tras once años de estudio obsesivo en París, retorna con una misión única: analizar y desentrañar los sueños de sus compatriotas como quien busca el sentido oculto de la existencia.
El viaje comienza en un tren nocturno. Muo viaja con todo lo que posee: una maleta Delsey encadenada, un pasaporte chino, un permiso de residencia francés, una tarjeta de crédito y diez mil dólares en metálico guardados en un bolsillo secreto de su ropa interior. Es vigilante, ansioso, controlador. Su única ocupación: llenar cuadernos escolares con notas sobre sueños. Escribe meticulosamente en francés, consultando página tras página un diccionario Larousse para cerciorarse de cada palabra.
Pero Muo no es solo un estudioso excéntrico. Es físicamente poco agraciado: metro sesenta y tres, delgado, ojos saltones tras gafas redondas deformadas por el tiempo, calcetines rotos por donde asoman dedos pálidos. Su apariencia desmiente la seguridad de quien cita a Freud con naturalidad. Cuando aplica sus teorías, su rostro se transforma. Sonríe como un niño que reconoce a alguien querido. Sus facciones se ablandan. Sus ojos se humedecen de dicha.
El fragmento expone el camino que lo llevó a esta obsesión. A los veinte años, en una universidad china durante la Revolución Cultural, descubrió ‘La interpretación de los sueños’ de Freud. Fue un regalo de un historiador canadiense. Esa noche leyó bajo una manta mojada de sudor. Cuando el celador confiscó el libro, ya había sido transformado para siempre. Desde entonces carga con el apodo ‘Freudmuo’, inventado como burla pero que ha convertido en identidad.
En París, bajo la tutela del psicoanalista lacaniano Michel Nivat, pasó cuatro años en análisis. Se tumbaba en un diván de caoba. Confesaba miedos y secretos. Hablaba en chino dialecto Sichuan, que su mentor no comprendía. Ahora, retornado a China, lleva consigo todo lo aprendido: cuadernos llenos de teorías, observaciones, interpretaciones. Regresa listo para aplicar esa sabiduría occidental a una realidad desconocida. La China contemporánea cambió mientras él estaba lejos. Una mascarilla facial azulada en el rostro de una mujer lo asombra con su promesa de modernidad. Torres anuncian curas para la tartamudez con ideogramas gigantes. Todo parece esconder significados que su formación psicoanalítica debe descifrar.
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