Un relato desgarrador sobre Aurora, una mujer que carga con las cicatrices invisibles de la violencia doméstica. Veintitrés años después de la muerte de su marido, cuando su hija se casa, resurgen los fantasmas del pasado: aquellos besos…
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Un relato desgarrador sobre Aurora, una mujer que carga con las cicatrices invisibles de la violencia doméstica. Veintitrés años después de la muerte de su marido, cuando su hija se casa, resurgen los fantasmas del pasado: aquellos besos que seguían a las palizas, el ciclo interminable de dolor y falsa reconciliación, la culpa que no la deja vivir. Una novela sobre cómo el trauma nos encadena incluso después de que desaparece quien nos lo infligió.
Aurora necesita pastillas para dormir desde hace décadas. Lleva veintitrés años cargando el peso de un matrimonio que fue una pesadilla encubierta de romance. Su marido alternaba la violencia feroz con caricias arrepentidas, un ciclo devastador que dejó profundas heridas no solo en su cuerpo, sino en su alma. Ahora que él está muerto, Aurora sigue atrapada en la jaula invisible que construyó su ausencia. La noticia del próximo matrimonio de su hija actúa como un detonante. De repente, Aurora no puede seguir fingiendo que está bien, que su sonrisa radiante lo cubre todo. En la madrugada anterior a la boda, los recuerdos vuelven con toda su crudeza: ese momento en el baño, cuando después de golpearla salvajemente, su marido la besó con ternura fingida, susurrando promesas de que nunca volvería a ocurrir. Una mentira hermosa que se repitió una y otra vez. Lo que destroza a Aurora no es solo el recuerdo del dolor físico, sino descubrir que su hija ha crecido bajo la sombra de ese trauma. Le aconseja sobre los hombres, le advierte del peligro, la ahoga con su desconfianza y angustia. Aurora sufrió durante ocho meses de embarazo, oscilando entre el deseo de vivir y la tentación de acabar con todo por el bienestar de su hija. Fue su hija, su razón para seguir adelante, la que la mantuvo pegada a la vida. Ahora que Lourdes se va, que forma su propia familia, Aurora se enfrenta al vacío. Ya no es la madre que su hija necesita. Se niega a ser una carga, a convertirse en esa abuela sobreprotectora que controla todo por miedo. Pero tampoco sabe cómo vivir para sí misma. Veintitrés años son demasiado tiempo para guardar luto, demasiado para dejar que las caricias rotas de un fantasma sigan gobernando su existencia. Esta novela no ofrece consuelo fácil. Es un viaje íntimo por los laberintos del síndrome de Estocolmo, del trauma que no se cura solo con el paso del tiempo, de cómo la violencia de género deja cicatrices que saltamos de generación en generación.