En un barrio suburbano aparentemente ordinario sucede lo imposible: astronautas muertos caen regularmente en el jardín de Ed Morgan. Entre vecinos chismosos obsesionados con la estética, inspectores burocráticos empecinados en regulaciones…
Descargar
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.
En un barrio suburbano aparentemente ordinario sucede lo imposible: astronautas muertos caen regularmente en el jardín de Ed Morgan. Entre vecinos chismosos obsesionados con la estética, inspectores burocráticos empecinados en regulaciones absurdas y gemelas traviesas, Ed lucha por mantener su cordura. Mientras, su esposa Mary contempla melancólicamente los sueños abandonados: la juventud rebelde que fueron, las estrellas que juraron alcanzar, la vida audaz que nunca vivieron. Un relato donde lo surreal choca violentamente contra la mediocridad cotidiana, donde cada norma arbitraria pesa como una losa.
Cada domingo es un día de paz para Ed Morgan. Esa paz comienza a resquebrajarse cuando su esposa Mary le avisa de un astronauta muerto sobre el césped. Es el séptimo. No es un evento extraordinario en la vida de Ed, pero es suficiente para desatar una cascada de absurdidades.
Los vecinos vienen a cotillear. El señor Lacey, obsesionado con mantener la reputación aspiracional de la avenida Acacia, sugiere convertir el cadáver en una fuente de agua. Las gemelas Poulson juegan médicos con el muerto. Un inspector municipal irrumpe en el almuerzo dominical de Ed para acusarlo de violar protocolos de gestión de residuos. El traje debe separarse del cuerpo. Las piernas no pueden sobresalir de la tapa. Cada norma arbitraria es una astilla más en el corazón.
Bajo la irritación creciente de Ed late una angustia más profunda. Mary contempla el astronauta a través del visor del casco y ve en ese rostro asiático una vida plenamente vivida: alguien audaz, alguien que alcanzó las estrellas. Ella reflexiona sobre quiénes fueron una vez: dos jóvenes que juraron nunca convertirse en sus padres, que prometieron viajar a la luna, que imaginaban un Butlins en el Mar de la Tranquilidad. Ahora, a dos semanas de los cincuenta años, contemplan cómo se han transformado en exactamente lo que temían ser: orugas que devienen mariposas incoloras.
La tensión se acumula. Ed compra equipamiento de vigilancia. Mary, extrañando el calor del cuerpo de su marido en las noches de insomnio, prepara sándwiches y café para la vigilia. Los sueños perdidos y la vida cotidiana se entrelazan en una narrativa que encuentra belleza melancólica en lo absurdo.