Cuando una veterinaria de comportamiento animal recibe a un cliente misterioso con el perro más feo del mundo, el encuentro genera un cortocircuito de atracción instantánea.
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Cuando una veterinaria de comportamiento animal recibe a un cliente misterioso con el perro más feo del mundo, el encuentro genera un cortocircuito de atracción instantánea. Entre diagnósticos de incontinencia, collares de púas inadecuados y malentendidos cómicos sobre ropa canina, Emma y Thomas se verán envueltos en una química innegable que desafía sus propias defensas.
Emma Jenkins es veterinaria de comportamiento animal. Directa. Profesional. Con un fino sentido del humor. Su día toma un giro cuando entra Thomas Tobin: casi dos metros, traje oscuro perfecto, pero envuelto en un aire indefinible de peligro. Lo acompaña Hairy, un crestado chino ridículamente frágil y nervioso. La incongruencia es cómica al instante.
El conflicto estalla cuando Emma descubre el collar de púas metálicas en el perro más ansioso que ha visto. Sin contemplaciones, lo tira a la basura. Thomas no es de los que aceptan críticas. Su intento de demostrar que sí puede ser gentil dispara algo en ambos.
Lo que sigue es caos puro: atracción física, malentendidos, situaciones cómicas. Cuando Emma toma la muñeca de Thomas, algo chasquea. Cuando él ayuda a secar a Emma tras un accidente de incontinencia canina, el contacto es demasiado. Mientras trabajan juntos cortando uñas, la proximidad genera una tensión lista para explotar. Emma está despistada sobre lo que siente. Thomas está intrigado: ¿qué secreto oscuro la llevó a veterinaria en lugar de arruinar vidas?
Entre explicaciones sobre dientes fragmentados, baños semanales, suéteres especiales e historias de trajes de marinero, ambos descubren que compartir espacio es casi insoportable. El humor surge naturalmente: ella, clínica y profesional; él, torpe y desorientado con su primer perro. Como si programara misiles sin manual de instrucciones.