Eva vuelve en sí después de un sueño abrasador. En Madrid, en un ascensor atestado, su mirada se cruza con la de un extraño que despierta en ella poderes desconocidos.
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Eva vuelve en sí después de un sueño abrasador. En Madrid, en un ascensor atestado, su mirada se cruza con la de un extraño que despierta en ella poderes desconocidos. Entre flashbacks de Venezuela y presente vertiginoso, la protagonista descubre que su cuerpo es un campo de energía sin control. Una novela que entremezcla lo paranormal, el deseo prohibido y las cicatrices que persisten a través del tiempo.
Una noche de invierno en Madrid, Eva despierta empapada en sudor. Su subconsciente la ha arrastrado a un lugar traumático: una infancia marcada por dolor, quemaduras invisibles que aún arden en su piel. Intenta distraerse con Adrián, su marido, quien ejecuta su ritual obsesivo de higiene dental mientras ella lucha contra el calor que no la abandona nunca. Algo cambió en ella hace años. Algo que no comprende del todo.
Pero el presente no espera. Camino al trabajo, el ascensor se llena de cuerpos apretujados. Eva siente la asfixia. Siente algo más: una corriente eléctrica que no viene de afuera sino del interior de sus huesos, de sus nervios, de sus células rebeldes. El dolor es agudo, vertical, como si atravesara su existencia de arriba hacia abajo. Y entonces—una mirada.
Hay alguien que la mira. Alguien cuyo nombre no sabe pero cuya presencia electrifica cada rincón de su ser. Sin tocarse, sin palabras, Eva y este extraño intercambian algo que no tiene nombre: una corriente que hace que las luces parpadeen, que el acero del ascensor vibre. ¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿Por qué su simple existencia despierta en ella energías que creía dormidas?
La novela salta atrás en el tiempo, a Venezuela de 1975. Alma trabaja en una oficina, enamorada de un marinero, esperando el fin de semana con desesperación. Pero en el despacho del jefe acecha el peligro: un hombre de poder que ve en ella solo una cosa. La violencia silenciosa, la humillación metódica, el cuerpo convertido en territorio que otro intenta conquistar. Alma reacciona desde el instinto más puro. El vómito que expulsa no es solo repugnancia: es rechazo, es protesta, es el cuerpo que se niega.
¿Es Alma la misma Eva? ¿Son recuerdos fragmentados de una vida anterior? ¿O es la novela una exploración de cómo el trauma se perpetúa, cómo los cuerpos de las mujeres guardan memorias que no les pertenecen?
Lo que es seguro: Eva no está sola en ese ascensor. Y lo que pasará después—cuando baje en el piso treinta y dos—definirá todo lo que creía saber sobre sí misma, sobre el deseo, sobre el precio de estar viva.